viernes, 14 de abril de 2017

EL EXPLORADOR



El valiente explorador sintió su brazo caliente, como si le estuviera devorando un fuego interior; un dolor profundo lo atravesaba.
 
Intenté calmarlo con un poco de hielo envuelto en una gasa, pero el dolor le aumentaba hasta no poder soportarlo. Y aún entonces, solo dejó escapar una lágrima por cada ojo. El tipo parecía ser realmente duro, pero nada conseguía aliviarle. Fue entonces cuando puse en marcha el plan B, reservado para casos realmente difíciles. Así que solicité ayuda a mi compañera:

-Por favor, tráeme la barra mágica, la especial.

Mientras llegaba el potencial remedio, yo le explicaba al herido lo importante que sería su colaboración: debía hacer gala de paciencia y confianza en mí y dejar el brazo inmóvil durante un buen rato, o yo no podría ayudarle.

Al punto, mi asistente y esposa trajo el artilugio. Arremangué al tal, le recordé la necesidad de colaboración, y apliqué el procedimiento tal y como me lo enseñaron en su día. Por algún motivo, en cuanto empecé la aplicación comenzó a reír, intensamente. Como si, repentinamente, algo hubiera cambiado en el. Quizá estaba manifestando algún un efecto secundario. El caso es que parecía pasárselo pipa con todo aquello.

Pasados unos minutos de la operación me di cuenta de que se había quedado dormido junto a mí, no sin antes agarrarme el pulgar con su manita. Guardé la barra de árnica y puse la televisión en voz baja. 

Dentro de tres meses lo llevaré a que le pongan otra dosis de recordatorio. Habrá que seguir el calendario de vacunación. No es cuestión de andar jugándosela con la meningitis.





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