jueves, 13 de abril de 2017

COSAS DE HOMBRES



Esa tarde de primavera, entre las  voces rasantes de los vencejos recién llegados de África, la soñada, algunos niños del barrio ataron una cuerda de tendedero alrededor del cuello de aquella cría de gato.

El niño líder de siete años tiraba de el dando vueltas por todos los rincones, arrastrándolo tras de si entre gritos y vítores infantiles. Algunos querían tener el mismo honor.

De vez en cuando hacían un alto en el Viacrucis para apalear al animal.

Aunque no podía moverse, aun vivía cuando lo tiraron por segunda vez desde la azotea de aquel edificio de nueve plantas en construcción. Posiblemente el animal estaba ciego: sus ojos eran como dos cerezas que protruían desde dentro de la cabeza.

Las siguientes veces, durante los siguientes días, repitieron los lanzamientos de aquel cuerpo inerte.

Recuerdo a aquel otro niño, el de cabellos rubios: durante esas tardes se quedaba en la plazoleta verde, solo, con su canica.

Una vez, contándome esta anécdota cuando adultos, intentó rematarla diciéndome, 'Ya ves, cosas de niños'. Lo intentó, pero no pudo.


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