martes, 28 de marzo de 2017

(DES-)CONEXIONES



Carmen no irá al bautismo de su nieto.
Siente vergüenza, vergüenza de su rostro.
Quisiera ir al evento, desde luego. Es muy importante para ella. Aun así, no puede.
Hace unos años le recomendaron un centro bucal privado de una multinacional. Sisadent o algo así. Tiene millones de clientes, según dice en la publicidad de sus fachadas.
Ella fue por una caries.
Le dijeron que su caso era más serio.
Pidió un préstamo. Le cambiaron todos los dientes por otros artificiales.
Solo su sistema nervioso y su espíritu sintieron el penetrante dolor de la codicia y del error al que dió a luz.
El dolor se transformó en rabia. Y la rabia se le hacía visible muchos días, sobre todo mientras fregaba casas. Después se le quedó en el baúl del pecho donde guardaba sus otras cosas. Era un compartimento casi estanco, sellado para no contaminar el amor que sudaba.
El cirujano o quién sabe quién, se equivocó: las encías de Carmen rechazaron los implantes.
Cambiaron de implantes.
Otro rechazo.
Cambiaron de médicos.
Otro rechazo.
Hoy mastica papillas que previamente ablanda con su dolor de encías.
Y no sale a la calle.
Vergüenza.
Está fea.
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La madrina sustituta no es de la familia.
Ya tiene al bebé en brazos.
Un chorrito de agua bendita, una cascada minúscula, también bebé, va acariciando su coronilla mientras lo sella a la comunidad de ungidos.
El niño no llora.
Carmen sí, por dentro y en la distancia.
Asoman sus encías entre palabras en latín. La imaginación de Carmen.
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Desde su balcón se da cuenta ahora: el cielo está cubierto de nubes bajas.
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Una gota está a punto de caer sobre la flor del geranio.


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