domingo, 26 de febrero de 2017

UNA TARDE DE SÁBADO

Inesperadamente, cuando te secabas aquellas dos pequeñas lágrimas, te diste cuenta: ella se había llegado a la iglesia para verte.

Al descubrirla, la luz volvió en su esplendor.

Te saludó con su sonrisa de siempre, aquella de niña alegre, y se dispuso a orar.

Qué paz emanaba aquel cuerpo obeso.

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