viernes, 20 de enero de 2017

INFANCIA DENTRO




 

Aún respiro enredado
en la silenciosa admiración
de aquellas flores de alfalfa
que se erguían en los campos de mi infancia.

Vuelvo a esperar, paciente, el posar
de la mariposa blanca,
la llegada de las ráfagas de néctar
sobre los verdes cultivos
germinados
con sudores humanos.

Aún, vivo volviendo a buscar
aquel sol niñera
y la lejana brisa y su sal
-caricias para una piel aún sin manchas-
al entrar la tarde a su final.
Y, sin poder evitarlo,
cuando menos lo espero,
vuelvo la cabeza a todos lados,
buscando
el aroma a vuelo de gaviotas
frente a lunas insinuadas.

Vuelvo a esperar, impaciente y a la sombra,
a que llegue mi hora
la de bañarme en la orilla,
y, espero, y espero,
e invento otra vez el mismo juego:
contar doblados segundos
que se me hacen días,
mientras, de cuando en cuando,
dejo de mirar la espuma de las olas
y alzo mis ojos anhelando
tu mirada aprobatoria.

Aquellos juegos estivales
con sus niños
(algunos primos)
no se dónde están
-ya no llaman
a la ventana-,
pero yo aún comparto el pan con ellos
y, a regañadientes,
también algún juguete.

Todavía hoy, -estómago ulcerado de presentes y futuros-,
sigo viviendo en esos días
en los que desayuno
churros con chocolate
y almuerzo dos huevos fritos;
ayeres
en los que miro,
con la boca abierta y el estómago contento,
manteles
de cuadros siempre nuevos
que no debo manchar;
pido mi merienda (imaginaria ya)
de pan con chocolate
y se me pega al paladar
igual que antes.

.

.

.

Mientras escribo esto
reconozco una vez más,
el aroma que llega a casa
desde la vaqueriza lejana:
¿estercolan?:
son notas
de acre y dulzor
en el éter de la madrugada.

Arrastro pasos autómatas por la avenida ensuciada
con carencias de amores,
con depresiones maltratadas,
con indelebles errores,
y me detecto,
de repente,
buscando el alargado mugir de un buey barroso.
Respira mi animal efímeras neblinas
de cálido y húmedo aliento
que un día me atreví a rozar con mi mano menuda,
hoy transmutada
en enorme extremidad
casi insensible.

No se si cambia algo que ahora conozca sus nombres,
los de esos pájaros que cantaban en el ocaso:
me acercan sus conversaciones
y antes de que sus voces
arriben a mi memoria,
antes de sentir el sol en sus colores,
me ha recorrido ya
un suave estremecimiento…
como la primera vez.

La noche envuelve una coral de grillos
                                         (combatientes armados solo con su arte),
y sigo sin atreverme a entrar en el almendral oscuro,
ejército de sombras retorcidas,
alargadas
y ramosos brazos puntiagudos
que vislumbro;
pero desde la frontera de lo reseco
los localizo uno a uno
con mi oído fino
de niño que ya no está;
subo corriendo,
(de dos en dos los escalones)
contento,
a contárselo al abuelo
y a papá.

Es hora de acostarse
pero antes de desplegar la sábana
de esta cama adulta que ha ido creciendo cada año
hasta hacerse infinita,

                                    in-o-cu(l)pable,

subo las escalerillas
de la litera
porque me he pedido arriba,
y, esta vez, al menos esta,
nadie lo impide.
Me arropo yo,
pero eres tú, padre,
y no quiero que te vayas
porque el miedo me acecha.

Con ojos que se entornan,
comienzo mi sueño nocturno
con un balón de fútbol:

-¿Me dejas mamá?, ¿me dejas papá?,
por favor, solo un ratito más.

Antes de ser vencido,
escucho atento al viento frío
recorriendo mi memoria de extremo a extremo,
una y otra vez,
grutas no exploradas,
paredes revestidas
de yeso…mojado.

.

.

.

(Eterno es un segundo)
Llegan de vuelta
el viento y mi respuesta:

-Vale, hijo, pero solo un ratito más-,
y entonces paro otro gol
en la misma portería
que ayer me hice con dos piedras
robadas
a aquellas huertas milenarias
hoy convertidas
en sedientas e infinitas
avaricias
de hormigón.


Publicado en GeaLittera nº30: p. 47. 2017. Ver número aquí

2 comentarios:

  1. Se pega al paladar, se pega como ese chocolate antiguo. Qué hermoso hablar y recordarse amigo mío. Un verdadero placer volver la cabeza a todos lados y buscar contigo lunas insinuadas y soles niñera.
    Un ratito más. Un ratito más por favor... para jugar en aquellas huertas milenarias.

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  2. Gracias...gracias por tu compañía, por tus palabras, mi buen amigo.
    Un abrazo, embarrado.

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