sábado, 17 de diciembre de 2016

Malas yerbas



Para no darles tiempo a que produjeran semillas y evitar así que siguieran reproduciéndose, aquel hombre escardaba las yerbas de la antigua huerta una vez a la semana. Empleó su vida en aquella tarea, de manera metódica, sin ocuparse de plantar nada comestible. Apenas aparecía un atisbo de planta nueva, ¡zas!. Pero ellas seguían naciendo, y renaciendo y floreciendo y fructificando. Le ocurrió a su padre, y a su abuelo, y a su bisabuelo, y a su tatarabuelo y a su… 

Solo una persona sabía la causa de aquel continuo renacer de vida en forma de mala yerba que cada generación de hortelanos intentaba exterminar. Pero nadie la había visto jamás en la aldea. En aquella época, ya solo hablaban de ella -y en voz bajita-, algunos de los pocos antiguos habitantes que quedaban con vida, de esos empeñados en decir que la presentían. 

Bueno… discúlpeme, se lo ruego. Sé que esto es de mala educación para con el lector, pero tengo que irme corriendo: esta madrugada es mi tanda de riego.

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