viernes, 2 de diciembre de 2016

No vuelvo a salir del libro



El siguiente relato es totalmente real, así que le pido disculpe el tono directo y prácticamente cotidiano, sin lirismo ni alarde literario. Simplemente quiero dejar constancia de lo que presencié en mi última salida nocturna que tuvo lugar hace pocas fechas.

En esta última salida (una de las pocas que me he atrevido a hacer últimamente) me llamó la atención que las sillas del escenario se disponían en dos semicírculos enfrentados. Seis a cada lado. Cuando llegué, estaban todas ocupadas. Desde allí, opinaban con la espalda algo recostada sobre el respaldo. Cada uno decía lo suyo sobre la guerra de allí y la de más allá, el grupo ‘insurgente’, el terrorista, o el afín a la dictadura de turno, sobre el papel de la potencia, de los aliados, de los contra-aliados, del pasado, del futuro, más tropas, menos tropas… Lo hacían casi sin gesticular, con voz suave, respetando el turno de palabra, sin cambiar la posición de las piernas; las corbatas no se movían de su sitio siquiera. En ocasiones, alguno miraba su celular y escribía algo.

Esos doce seres dijeron muchas palabras en aquella media hora. Algunas no las entendí, es cierto, no me pida demasiado para lo que soy.

Luego, tocó hablar sobre la política nacional. En cuanto el presentador pronunció la palabra clave del tema aquellos seres se convirtieron, súbitamente, en otra especie animal desconocida por mí. Se levantaban de los asientos, agitaban las manos, gritaban unos sobre otros, se insultaban entre sí, se recriminaban y se delataban confidencias pasadas, traían al presente colectivo y público los pasados ajenos y privados, movían la cabeza a los lados, una y otra vez. Los que aún permanecían sentados, retorcían las piernas en sus puestos mientras, reiteradamente, alzaban una de las manos pidiendo turno de palabra como un alumno repelente que, ante la profesora, dice saberse la lección y quiere lucirse. Y las corbatas parecían querer desanudarse de aquellos cuerpos.

Fue entonces cuando volvieron los anuncios.

Asustado y preocupado, encaminé mis pasos de pececillo de plata hacia la estantería y allí me escondí, de nuevo, entre las páginas polvorientas de otro libro viejo.

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