domingo, 4 de diciembre de 2016

HAMBRE VERDE





Como a tantos otros de la localidad en años anteriores, también a él le ocurrió: perdió completamente la cabeza por ella. Bueno, la cabeza y absolutamente todo. Porque, aunque fuera viuda y anduviese por la vida con las manitas juntas, como rezando, le fue imposible resistirse: aquel penetrante olor que sugería clara invitación, el color de su piel bajo el sol primaveral, sus lentos e hipnóticos movimientos, las funciones trigonométricas de su cintura y su vientre muy ligeramente prominente. La suerte estaba echada. Se acercó con cautela, muy de a poco se hizo visible a los ojos de su pretendida, la cortejó de una forma que no viene al caso narrar y, curioso, también esta vez, ella consintió de inmediato.



                 Pero resultó que durante el inesperado y largo encuentro sexual a ella le había ido creciendo el hambre. Puede sonar extraño, pero siempre le ocurría lo mismo en esos momentos inoportunos: hacia la mitad del acto de unión con otro cuerpo, comenzaba a sentirse realmente hambrienta. Y aquel desconsolado deseo, primero estomacal, y, posteriormente, existencial, se agigantaba por segundos para ir acompañándose de una agresiva obcecación por colmarlo con rapidez.



                Estaban a punto de separarse, quizá hasta siempre, quizá hasta la próxima ocasión, y para ese entonces ella ya no tenía su cerebro puesto en aquel ayuntamiento. Tenía que comer, sí o sí, y hacerlo ya. Mientras, su Romeo estaba ajeno a todo el proceso, o quizá no y prefirió correr el riesgo.



Y ese, mis queridos niñitos de cinco años o más, era el motivo por el que cada primavera aquella enorme mantis religiosa que habitaba junto a la balsa, donde el campo de alfalfa, volvía a convertirse en viuda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si quieres comentar algo positivo...