martes, 20 de diciembre de 2016

VIDAS PARALELAS



Ella, no obstante su apariencia inerte, también había formado parte de algo más grande, de un ente del que, al caer sobre las rocas del acantilado, fue violentamente desgajada y posteriormente arrojada a una profundidad casi abismal.

Después de aquello, quedó completamente llena de peligrosas aristas cortantes, siempre rodeada de fríaldad. Se transformó en una magnífica y casi inexpugnable defensa frente a cualquiera que quisiera rozarla. Nadie en su sano juicio trataría de asirla sin tomar las precauciones necesarias.

Pero la vida fué llevándola de acá para allá, dando tumbos, sin poder decidir nunca su derrota, sin elegir su rumbo. Esencialmente, su existencia se reducía a ser arrastrada, una y otra vez, en incontables ocasiones, y en todas las direcciones posibles de un fondo del que no se intuía el fín. Todo parecía indicar que sería zarandeada y golpeada por toda la eternidad.

Y así, día tras día, año tras año, durante decenas de ellos hasta llegar a los cien.

De manera casi imperceptible, se fue haciendo más pequeña, menguó y fue perdiendo todo rastro de canto afilado, todo signo de defensa; hasta que el contorno de su corporeidad se convirtió, por completo, en romo, incapaz de dañar a nada ni a nadie. Quien la hubiera conocido desde el principio, habría visto en seguida que era un poco menos transparente, pero a cambio, transmutaba la luz del sol produciendo matices de verde imposibles de pintar (y, mucho menos, de describir). Ahora, sobre la vieja mano, arrugada y cálida, su frialdad ya enquistada por años se hacía casi efervescente. Durante más de media hora, el anciano pescador siguió inmerso en la silenciosa contemplación de aquella verde cristalina recién encontrada en la orilla. No podía evitar sentirse unido a ella. En un momento dado, cerró la mano con suavidad, y depositó la falsa esmeralda en el bolsillo izquierdo de su camisa, muy cerca del corazón. Sus manos y brazos, casi resecos y oscurecidos, volvieron a tensarse -algunas venas se hicieron más sobresalientes-, su espalda los imitó, y, dispuesto el cuerpo para el último esfuerzo, empujó la chalana hasta sobrepasar la primera rompiente ligera. Dio un salto ágil al interior de la barca. Una vez asentado, y con la minúscula embarcación perdiéndose hacia la línea del amanecer, sacó su cristalina del bolsillo y la puso frente a uno de sus ojos. Qué extraña belleza la de aquel sol azulado-verdoso. Se felicitó a sí mismo por su cumpleaños: llegar a los noventa y encontrar aquel tesoro en el último momento de su vida no le ocurría a cualquiera.

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