lunes, 28 de noviembre de 2016

Secaba los platos con un trapo*






mientras observaba con preocupación el cielo. No paraba de pensar qué podía ocurrir, cómo morirían todos. Las imágenes de múltiples situaciones cotidianas vividas con sus hijos y su marido transitaban con rapidez y desorden por la pantalla de su mente. A ratos pensaba en cómo Dios podía permitirlo. ¿De qué le servía el penúltimo sermón?. ¿No le habían dicho en la iglesia que lo que causaba el mal en el mundo era la tendencia del hombre al pecado?. Ahora resultaba que todos que aquellos seres venían de otro mundo…¿y si en realidad no era así?.


-¡Ay, Dios mío!-, exclamó mientras retiraba la sartén de la hornilla.


En ese momento escuchó el sonido de la llave en la cerradura e, inmediatamente, la algarabía de vocecitas alegres, que celebrando su llegada, la saludaban. Su marido entró el último.

Les respondió besándolos con el corazón ausente. Cuando el marido, con un evidente pesar, intento apartarla un poco de los niños para hablar con ella de la noticia:


-!Mira, a mí déjame de cuentos chinos, ¿eh?, qué naves ni naves. Como si no tuviera ya bastante con ocuparme de vosotros!-, gritó mientras, sin mirarlo, le lanzaba el trapo. -Ya sabes que yo no creo en esas cosas. Anda, lavaos y poned la mesa que la comida ya está. Voy al baño y en cinco minutos vengo. A ver si me dais una sorpresa y me encuentro con que me habéis ayudado siquiera por una vez-.

Desapareció por el pasillo, cerró la puerta de la habitación de matrimonio, y luego, la del baño interior.

Cuando apareció en el comedor con el pelo mojado, nadie se percató de que había llorado.

*Es parte de una micro-novela colectiva publicada en Microrrelatos al por Mayor

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