jueves, 10 de noviembre de 2016

El puente del tren



No podía esperar más, llevaba más de setenta años contenido, aguantando aquel impulso cuya causa y origen desconocía. Le resultaba imposible sofocarlo por más tiempo. Ya estaba decidido: aquel sería el día en que tomaría la eternamente pospuesta decisión. Obraría en consecuencia. Así que, caminó despacio hasta el puente sobre la vía del tren sobre el que tan a menudo pasaba, y, una vez arriba, esperó pacientemente. 


Al principio, solo una ligera brisa fría llegaba hasta él, acercándole algún trino aislado de alguna avecilla oculta en el azul profundo del cielo. Pero al cabo de unos minutos, puntual como siempre, el morro rojo de la locomotora asomó por el horizonte del norte. Se preparó y visualizó mentalmente en la situación que iba a desencadenar. Aún dudaba, desde luego, aunque sentía que ya no podía volverse atrás. Junto con sus dudas, su nerviosismo crecía más y más, hasta sofocarlo y hacerlo sudar. 


-“¡Allá voy!”, se dijo, armándose de valor. Justo cuando el tren se aproximaba al puente, sonó, alargándose, el pitido de de la locomotora. 


Aún le dio tiempo a ver cómo se alejaba el último vagón.


Lo había logrado. No importaba si no podía volver a repetirlo nunca más. Lo relevante era que, en el último momento, había conseguido sacar su mano del bolsillo y, tímidamente, decirle adiós a aquel tren. Para su sorpresa, y al igual que la última vez que saludó a un tren con su inocencia de niño, el maquinista le devolvió el saludo haciendo sonar con alegría el silbato de la locomotora. Una sonrisa infantil reconfiguró su rostro. Volvía a sentir que su padre lo sostenía en brazos y lo apretaba contra su pecho.

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