lunes, 31 de octubre de 2016

ADIÓS, A LA FUERZA*




En cuanto llegó el médico, auscultó su corazón y comprobó sus pupilas. Negó con la cabeza a los presentes mientras le cerraba los ojos. La línea de los párpados le bajaba hasta que dejó de ver. 
 

Sintió el tacto, algo basto, de la sábana sobre su rostro. Entre los gritos desconsolados de la guapísima y joven esposa alcanzó a oír algunas palabras sobre la certificación de su muerte.


Cuando sintió que lo elevaban y depositaban de nuevo dedujo que ya estaba en el féretro. Volvieron a colocarle las manos sobre el esternón.


-“Listo. Vámonos ya, que aún tenemos que preparar otro”. Ahora, tras colocar la tapa, el silencio se hizo absoluto.


Antes de llegar al tanatorio, pudo sentir, por última vez, la fuerza centrípeta en las curvas, la inercia en las frenadas y arrancadas en cada semáforo, y el calor en la zona donde horas antes recibió aquel pinchazo por sorpresa.


Se asfixiaba. Comenzó a sudar. Y el sudor se mezcló con las lágrimas que escapaban de sus ojos cerrados.


Una hora y media después llegó el cadáver a la sala de velatorios. Sería preparado en lo preciso y, durante unas horas, exhibido tras un cristal. 

Publicado en el nº 12 (Enero 2017) de la revista literaria Letramargo (Bolivia)





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