sábado, 22 de octubre de 2016

Revelación


Había cumplido los cincuenta años atrás. La mayor parte de ellos los invirtió, sin saber por qué, en tres hijos. Casi la otra mitad, en un trabajo que le producía arcadas y en estudiar por satisfacer a sus padres. No recordaba haber sido feliz más allá de pequeños momentos terriblemente espaciados.

Tomó otra pastilla para el estómago y acudió a la consulta recién salido de la oficina, en traje y corbata. No había podido ducharse.

Aquel era uno de los momentos decisivos de su vida. El nerviosismo de los días anteriores se le acrecentó.

-‘Don Carlos, puede pasar’ –le invitó la enfermera uniformada-.

Terminada la exploración de seguimiento, supo que su próstata, en palabras del urólogo `parecía un melón de Cantaloupe’. Su PSA estaba en 14 y su biopsia daba positivo. 


–‘Tenemos que actuar en seguida’- le insistió el doctor.

Pero en su mente, solo aparecía una especie de canción, -‘¡no lo soy, no lo soy!’. Aquella exploración, la tercera, fué decisiva, una revelación.

Salió de la consulta radiante. Nunca se había sentido tan aliviado. Debía de ser otro el otro motivo por el que, de niño, había fantaseado con su amigo del colegio. Debían de ser otros los motivos por los que aún le resultaba tan incómodo aquel recuerdo.

De vuelta a casa, paró en una floristería. Pagó con tarjeta.