domingo, 23 de octubre de 2016

Metamorfosis

Llevaban casi siete años fuera de cualquier mirada, de cualquier oído que no estuviera bien entrenado para captar minúsculos sonidos. Pero por fin, había llegado el momento. Nadie, por encima de la superficie sabía qué desencadenaba el evento. Ellas, por el contrario, sí que conocían bien la causa.

Era de madrugada cuando comenzaron, al unísono, su ascenso a la superficie. Presas de impaciencia, con prisa porque se les acababa la vida, pero muy lentamente por su condición, milímetro a milímetro, ascendían desde el subsuelo. A cada una, sin excepción, le esperaba una brisa refrescante: su primera brisa. Y cada una quería sentirla rozando su  piel en la noche de verano.

Poco a poco, como armadas con piolets, ascendían por el tronco del árbol que les tocó en suerte: el que su madre había elegido para perpetuarse. Para unas, un pino, para otras, un ciprés. Lo importante era alejarse de la que había sido su vida de oscuridad. No había tiempo que perder. Más, más, más alto. -'Subamos un poquito más'-, animaba alguna. Ninguna miraba hacia abajo. No importaba ya lo recorrido, sus vidas anteriores, solo lo que estaba por llegar.

Al llegar el amanecer, adheridas a los troncos, cientos de pieles ya antiguas, resecas, abandonadas. Nunca más volverían a usarlas. Nunca más volverían a la oscuridad.

Y en el bosque artificial, solo se escuchaba, apresurado, el canto de las cigarras.

bosque artificial:
el canto de las cigarras
hoy renacidas



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