miércoles, 26 de octubre de 2016

Ley de la Gravedad

Los vecinos de aquella comarca y los de los territorios cercanos ya habían asumido a aquel anciano como parte del paisaje. Desde jovencito, lo habían visto vagar desnudo por los campos, cubierto con una manta, ahora raída y tiesa por la mugre de años a la intemperie. Hablaba solo. Vivía de raíces y brotes. 

Cuando veía un árbol cuajado de frutos se sentaba debajo y así permanecía durante días. Luego, desengañado, lo abandonaba y, rezongando entre dientes mientras negaba con la cabeza, reemprendía la búsqueda de otro frutal.

Solo tenía seis años, cuando alguién le contó cómo Newton descubrió la Ley de la Gravedad.

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